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Newton descubrió que las mejores ideas le llegaban en la duermevela, esa frontera que existe entre la vigilia y el sueño. Entonces, para capturar tales momentos, al irse a dormir lo hacía con una cucharilla de metal en su mano. Tan pronto comenzaba a cerrar los ojos, la cucharilla caía al piso, el ruido lo despertaba y aparecía así su proceso creativo.

Varios siglos después, aquel cliente de una compañía de seguros había descubierto lo mismo. Sólo que su hiperplasia prostática benigna temprana hacía innecesario el recurso de la cucharilla de metal, porque cada noche, estando dormido, las ganas lo despertaban tres o cuatro veces, y entonces, el proceso creativo no paraba, porque se daba en la cama, en el pasillo, en el baño, en todo lugar.

Les platico: tenía 22 años pagando religiosamente su seguro de gastos médicos mayores. A veces lo hacía anualmente, otras, cuando la economía familiar andaba medio desbalagada, cada mes, pero siempre cumplía con ese ritual.

En todo ese tiempo, sólo una vez había tenido que ser operado, algo mínimo y casi ambulatorio que no pasó a mayores. La intervención quirúrgica para resolverle el padecimiento causa de la multiplicación por tres y cuatro de su proceso creativo, había sido demorada –a veces– para no frenar el estímulo de su creatividad, y otras por causas más mundanas.

Aquel año estaba decidido a poner a prueba la fuente de su proceso creativo y terminar con sus frecuentes idas nocturnas al baño. “Al fin y al cabo me queda la opción de usar la cucharilla de metal”, pensó animado.

Sin embargo, apenas reinició sus exámenes preoperatorios, las fauces de su compañía de seguros se abrieron cuan grandes eran y le endilgaron un aumento de casi el doble en el costo de su póliza, en el deducible y coaseguros que le acompañan.

Durante varias noches, el método reformado de Newton para estimular su creatividad no le dio resultado tratando de imaginar alguna forma de atajar ese asalto en despoblado.

En su primera cita para buscar una rebaja o al menos una explicación convincente, el asesor de la aseguradora le dijo que tales incrementos se debían al aumento de siniestros.

“Pero si yo he tenido una operación, nomás una, en 22 años”, le respondió la víctima.

“Ah, pero es que usted ya cambió de edad y entró en lo que para nosotros es un límite de riesgo, no le hace que haya tenido un solo evento, eso es fortuito, a sus años qué bueno que así sea, lo felicito, pero para allá va”, volvió a la carga el asesor con ese descarado argumento.

En la segunda cita, y según él bien pertrechado con las ideas que le brotaron la madrugada anterior, salidas por supuesto del método ya explicado, fue recibido por el jefe inmediato del asesor.

Éste le mostró, con filminas y estadísticas en una pantalla, las razones por las cuales esa aseguradora, y todas las de México, están aumentando los costos de las pólizas.

“La inseguridad hace cada vez menos rentable el negocio de los seguros, señor. ¿Sabe usted cuánto pagaron las aseguradoras sólo en el 2017 debido a los robos sufridos por el autotransporte de carga? $2,500 millones de pesos”, le explicó el directivo.

“¡Pero si yo no tengo ni un méndigo camión! ¿Qué culpa tengo de que el gobierno no cumpla con su obligación de proteger a esa industria?”, exclamó la víctima.

“Ni nosotros la tenemos. Pero todos pagamos las consecuencias. Lo mismo sucede con los robos de vehículos particulares. Los delincuentes están desatados; según vimos en la convención de aseguradoras de julio, la mayoría de nuestras empresas están a punto de reportar números rojos. El crimen no para, señor. Pareciera que están dándole una caladita al nuevo gobierno, a ver si es cierto que van a acabar con la inseguridad”, disertó el bien informado directivo.

Aunque en su fuero interno pensó: “estos desgraciados se están pescando de la inseguridad para hacer su agosto y matar víbora en viernes”, el cliente se resignó a que no hubiera una tercera cita.

Antes de despedirse, quiso amigarse con el representante de la aseguradora que tanto dato le dio y le platicó casi nostálgicamente lo que le sucedía tres o cuatro veces cada noche, y que por lo visto, seguiría ocurriendo ad perpetuam.

“Ya ve, todas las ideas salidas del proceso sustituto de Newton se toparon aquí con pared”, remató antes de salir de aquellas lujosísimas oficinas del boulevard Díaz Ordaz.

En respuesta y dándole un fuerte apretón de manos, el directivo de la aseguradora le dijo en tono “picoso” al momento en que cortésmente le abría la puerta: “tómelo positivamente, de alguna forma este aumento en su póliza seguirá incentivando su creatividad. Qué Newton ni que cucharillas de metal para despertarlo tres o cuatro veces en la noche, debería darle gracias a su hiperplasia prostática benigna temprana, a la inseguridad y pues, también a las compañías aseguradoras…”.

 

Fuente: El Horizonte
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